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"Cuando la vista se cruza con el deseo, haz que impere la razón".
(José A. Puig)





martes, 4 de mayo de 2021

DIGITALIZACIÓN DE LA ECONOMÍA

 

La digitalización es una realidad creciente en España que ha levantado el interés de todos los agentes sociales y que ha derivado en la creación de una economía digital. Por ello, es relevante acotar y medir la economía digital como indicador de prosperidad en España. Este proceso de transformación se está acelerando por la crisis generada por la COVID-19, sin precedentes en la historia moderna de la economía española, en la que la economía digital se ve afectada de dos maneras: coyunturalmente y estructuralmente. La primera queda patente por el incremento de la demanda de la economía digital que se ha producido con la crisis del coronavirus, por ejemplo con el aumento de un 50% de un comercio electrónico, que podría desvanecerse de forma importante tras la crisis. El segundo, el estructural, tiene efectos permanentes, algunos positivos como el lanzamiento de programas digitales o la consolidación del teletrabajo, otros negativos como el aumento de la brecha digital, es decir, la distribución desigual en el acceso, en el uso, o en el impacto de las TIC entre grupos sociales. Unos grupos que pueden definirse con base a criterios de género, geográficos o geopolíticos, culturales, o de otro tipo.

Podríamos definir la economía digital como toda aquella actividad económica que está basada en bienes y servicios digitales, ya sean nuevos modelos de negocio o modelos de negocio transformados. El tamaño de la economía digital en España se aproximó al 19% del PIB en 2019, según el informe Economía Digital en España. El estudio fue presentado en junio del 2020 por la Asociación Española de Economía Digital (Adigital) y Boston Consulting Group (BCG), e incluye una serie de metodologías para el cálculo de la contribución de los tres componentes de la economía digital: infraestructura (hardware, software, capital humano, etc.), e-business, es decir, cómo la tecnología digital influye en el proceso de los negocios de la TIC y e-commerce, referido al comercio electrónico o compraventa de bienes y servicios por internet.

Evidentemente no todos los sectores productivos tienen iguales avances tecnológicos, de ahí que en los estudios se deben clasificar en cuatro grupos. Los líderes, son los sectores plenamente digitalizados y donde el componente digital forma parte de la cultura de la empresa, mantienen un grado de digitalización medio del 89% y una contribución a la economía digital del 33%. Los maduros, son aquellos sectores que avanzan y están finalizando planes de transformación digital y buscando mejoras en el negocio, tienen un grado de digitalización medio del 35% y una contribución a la economía digital del 13%. Luego están los sectores en crecimiento, aquellos que están iniciando programas digitales, siendo la categoría más relevante para la economía digital con un grado de digitalización medio del 10% y una contribución a la economía digital del 44%. Por último están los sectores incipientes, con escasa inversión digital y que sólo han realizado pruebas de concepto en aspectos imprescindibles para su viabilidad (p.ej. inmobiliario, agricultura, servicios), tienen un grado de digitalización medio bajo un 3% y una contribución a la economía digital del 10%.

La digitalización es sin duda el factor de transformación más relevante de la sociedad en las últimas décadas, un cambio que impacta de manera global en cómo nos relacionamos, consumimos o actuamos como ciudadanos, y un elemento central sobre el que debe pivotar el crecimiento económico presente y futuro. Por otra parte, genera y transforma los actuales modelos económicos y, a su vez, modifica la forma en que los Estados y las Administraciones Públicas se relacionan entre sí y con los individuos y las empresas. Así lo reflejan los programas y políticas de todos los gobiernos y muy especialmente de la Unión Europea quien, junto a la Economía Verde lo considera uno de los pilares para los próximos cinco años. Aunque la digitalización hace tiempo que dejó de ser una tendencia para convertirse en nuestra realidad, en nuestro presente, el Informe España Nación Digital, edición 2019, indica que España no ocupa un lugar relevante entre el grupo de países líderes en cuanto a digitalización, ni a nivel global ni en su contexto europeo, a pesar de los avances experimentados en los últimos años.

De seguir así, no será capaz de capturar el valor asociado a ese liderazgo, con el consiguiente coste de oportunidad en términos de crecimiento y creación de empleo. Esto es especialmente preocupante en un contexto digital que tiende a la concentración, tanto a nivel geográfico como especialmente empresarial. Únicamente cinco países, cuatro de ellos asiáticos −China, Taiwán, Japón, Corea y los Estados Unidos−, según la OCDE, son responsables del desarrollo de más del 70% de las 25 tecnologías digitales punteras. Tres de ellos −Estados Unidos, China y Japón− concentran más de dos tercios del gasto mundial en I+D, del que son responsables apenas 200 empresas.

 

José Antonio Puig Camps. (Dr. Ingeniero Agrónomo y Sociólogo)

Presidente Grupo de Estudios de Actualidad Valencia (AGEA)

Publicado 04-05-2021

 

lunes, 19 de abril de 2021

LA NUEVA PANDEMIA: LA SOLEDAD

 

La soledad impuesta y prolongada, durante largos períodos de tiempo afecta al individuo: depresión, aislamiento y reclusión; y una cierta incapacidad de establecer relaciones con los demás. Es sin duda,  uno de los más graves problemas de la sociedad actual. Pero la soledad, no es un fenómeno exclusivo del envejecimiento. Es un fenómeno transversal que puede acompañarnos en cualquier etapa de nuestra vida. Cualquier persona puede sufrir soledad no deseada en la infancia, adolescencia, edad adulta hasta llegar a la vejez.

Nuestro modelo social es proclive a la soledad, a veces, angustiosa y aislante, que ahoga y veta la felicidad; y que se cobija falsamente, como sucedáneo, en el confort de la tecnología; que permite aislarse del mundo exterior y recluirse permanentemente en una habitación. Un aislamiento de meses e incluso años, siendo Internet la única conexión con el mundo exterior. Pero esto no deja de ser una patología, que  los japoneses han bautizado como “hikikomori”. Una enfermedad que no es un problema de ahora, surgido por el Covid-19: es un mal que existe desde hace tiempo y, poco a poco, se ha vuelto más grave ante la escasa atención que hemos prestado a esa situación. Es una de las peores pandemias de la modernidad que lleva consigo dosis de tristeza, angustia, ansiedad, miedo e incluso suicidio.

Ante la gravedad de esta nueva situación, muchos gobiernos han comenzado a diseñar mecanismos específicos para estudiar la soledad, entenderla y enfrentarla, creando una figura dedicada específicamente a esta tarea: el Ministerio de la Soledad; que deberá actuar primeramente como espacio oficial capaz de recoger, medir y cuantificar los niveles de soledad en cada país; pues  solo con ese conocimiento será posible tomar acciones preventivas y paliativas. Reino Unido creó el Ministerio en 2018; Alemania, en 2019, el Comisionado Oficial para la Soledad; y Francia, en ese mismo año, el Proyecto Monalisa. Este 2021, Japón notificó  la necesidad de establecer un Ministerio de la Soledad, para lidiar con la crisis interna que la soledad asedia al país (solo en 2020 se registraron 20.919 suicidios entre su población).

En España, la última Encuesta continua de hogares elaborada por el Instituto Nacional de Estadística (INE) ofrece una radiografía de cómo las familias españolas han afrontado este 2020 de pandemia y confinamiento y revela que un total de 4.849.900 personas han vivido estos duros meses en soledad (un 2% más que en 2019). De manera que los hogares compuestos por un solo miembro suponen ya el 26,1 % del total, el segundo más frecuente por detrás de los compuestos por dos personas (30,4 %). Según la psicóloga Tamara de la Rosa, este aumento de personas que viven en soledad, es posible que se deba más a un cambio de mentalidad y las circunstancias de cada uno. Muchas veces el ritmo de vida, obligaciones y responsabilidades dan poco margen para tener la vida social que realmente nos gustaría. Relacionarnos y compartir momentos con otras personas, mejora nuestro estado de ánimo, nuestro bienestar personal y ayuda nuestro crecimiento personal.

José Antonio Puig Camps. (Dr. Ingeniero Agrónomo y Sociólogo)

Presidente del Grupo de Estudios de Actualidad

Publicado blog: 190421

domingo, 28 de marzo de 2021

EL TELETRABAJO EN ESPAÑA

 

Actualmente las grandes transformaciones tecnológicas están apuntando hacia un nuevo modelo de sociedad que está estimulando una viva reactualización del interés sociológico por una sociedad tecnológica avanzada. Si en la sociedad industrial las sirenas de las fábricas anunciaban el final de la jornada de trabajo, en la sociedad tecnológica la jornada va implícita en la figura del empleado, sobre todo en lo que respecta a su localización, estabilidad, nuevas habilidades y grado de compromiso personal. Si en algún ámbito ha tenido una mayor repercusión el avance tecnológico ha sido en el de las relaciones laborales. La crisis del Coronavirus ha tenido un impacto brutal en la actividad empresarial y en la organización del trabajo, donde de la noche a la mañana, la implantación del trabajo a distancia, fuera de las instalaciones de la empresa por medios y sistemas informáticos o teletrabajo, ha sido asombroso. Con el fin de reducir la movilidad de la población en el contexto de la lucha contra el  Covid-19,  el  29  de  marzo de 2020  se  paralizó  toda  actividad  de  los  profesionales y trabajadores que no se consideraban esenciales o que no podían trabajar desde su residencia habitual. Ante esta situación, si la actividad no se consideraba esencial, la única forma de seguir con ella era realizarla desde el domicilio.

Esta situación de crisis sanitaria, obligó a la previsión de una norma de urgencia (Real Decreto-ley 8/2020, de 17 de marzo) para hacer frente al impacto económico y social del COVID-19 y, de esta forma, decretase la preferencia legal por el teletrabajo en los procesos de ajuste productivo y facilitase mínimamente los procesos adaptativos. Sin embargo, la  posibilidad  de  trabajar  desde  casa  queda condicionada al tipo  de  trabajo,  al grado  de  preparación de la empresa para permitir que esta actividad se desarrolle desde el domicilio, a las condiciones de la residencia habitual de la persona y de su capacidad para trabajar en remoto, así como de las redes e infraestructuras de las que disponga su área de residencia. Por otra parte, siendo España un país donde el culto por la presencia en el trabajo es muy importante, no es de extrañar la oposición de empleadores y trabajadores por el trabajo a distancia a través de medios informáticos. Los primeros porque entendían que la presencia en el puesto de trabajo les facilitaba la supervisión sobre el trabajador y, también, su conexión con respecto a los objetivos y cultura de la empresa. Los segundos porque consideraban que trabajar fuera del lugar de trabajo no separaba las fronteras entre vida profesional y vida privada, podía ser un inconveniente para su promoción al ser invisible a los ojos de los directivos y prolongaba su horario laboral.

Todos estos resquemores previos han sido barridos por la COVID-19. Si al inicio de la crisis la tasa de implantación del teletrabajo en nuestro país estaba alrededor de un 4,8% de la población activa; hoy de manera regular teletrabajan alrededor de un 34% de esa población. Si bien es cierto que es una medida que se ha aplicado a la fuerza, se ha podido demostrar que se puede llevar a cabo en la gran mayoría de los casos y, aunque hace un tiempo fuera impensable, el teletrabajo en 2021 ya es una realidad para muchas empresas. Esta realidad ha sido fruto del esfuerzo de inversión, de gestión y de adaptación realizado por empresas y trabajadores que podría calificarse de ingente y admirable.  Ingente, ya que solo el año pasado las empresas han invertido 6.161 millones de euros para hacer posible la reorganización productiva, y admirable dado que los trabajadores se han tenido que poner a teletrabajar masivamente, a menudo en circunstancias precarias y sin la formación y medios adecuados.

Toda la experiencia acumulada hasta ahora del teletrabajo en nuestro país, debería haber servido a nuestro responsables públicos para acometer una reforma del trabajo a distancia que permitiera mejorar el marco legal y colmando las carencias de la anterior regulación (Art. 13 del Estatuto de los Trabajadores fruto de la reforma laboral 2012) y consolidar el salto exponencial experimentado por el teletrabajo en nuestro país. El catedrático de Derecho del Trabajo en la U.C., Francisco Pérez de los Cobos Orihuel, en un artículo en el ABC sobre la regulación del teletrabajo, así lo indica: “hubiera bastado una reforma del art 13, que, sin desgajar el trabajo a distancia de la norma general, introdujera los cambios necesarios para colmar las carencias detectadas”. No ha sido esta la opción del legislador, que frente a la prudencia ha primado el apresuramiento, la ideología y el marketing, y el resultado es una norma, el Real Decreto Ley 28/2020, de 22 de septiembre de trabajo a distancia (que deja sin contenido el art. 13 ET), que dista de ser el marco de seguridad jurídica que el momento requiere y que, probablemente, en vez de servir para consolidar el teletrabajo sea una llamada a la involución y restauración del trabajo presencial. Una norma que encomienda a la negociación colectiva lo que parece ser la incapacidad reguladora de la propia Ley.

José Antonio Puig Camps. (Dr. Ingeniero Agrónomo y Sociólogo)

Presidente de AGEA Valencia (https://agea.es)

Blog: http://josantoniopuig44.blogspot.com.es/

Twitter: @japuigcamps

Publicado 28-03-2021