El Papa León XIV, durante su encuentro con el mundo de la cultura y la sociedad civil (Madrid 070626), hacia la siguiente reflexión sobre la sociedad actual: “Nuestra sociedad posee una extraordinaria capacidad para producir, innovar y comunicar, sin embargo, parece que todavía necesitamos aprender a custodiar el alma de aquello que esta genera. De lo contrario, corremos el riesgo de ser expertos en los medios y eficaces para producir, pero inciertos acerca del por qué, para qué, con quién y para quién se produce”. Su advertencia, era clara, la sociedad posee una gran capacidad para innovar y crear, pero le falta un sentido humano o espiritual en esos avances. Esta contradicción es el núcleo del desafío actual: el crecimiento técnico ha dejado atrás al crecimiento ético.
Para recuperar ese sentido humano y espiritual en medio de la innovación, nos corresponde asumir con lucidez y responsabilidad los retos de nuestro tiempo. La tecnología nos conecta con miles de personas, pero aumenta la soledad, por lo que se debería pasar de la conectividad a la comunidad mediante el diseño de herramientas que busquen el encuentro real y la empatía, no solo el entretenimiento que lleva al aislamiento digital. Por otro lado, puesto que la innovación solo busca el beneficio rápido se debería, antes de lanzar el producto, hacer una evaluación de los daños sociales o morales que ese diseño puede producir pensando en principios éticos y el respeto a la dignidad de los usuarios. Son instrumentos normativos capaces de contener los efectos deformadores de esos avances, ayudando a proteger, vigilar y cuidar la vida interior tan necesarios para custodiar el alma de las distracciones superficiales.
El hombre moderno inicia el tránsito de estar en la creencia de que Dios es la verdad, a estar en la creencia de que la verdad es la ciencia. Este giro cambia la fe por datos y pruebas que se pueden ver y medir. En el pasado, las personas buscaban las respuestas de la vida en la religión y en los textos sagrados. Dios era el origen y el fin de todo lo que es real y correcto. Con la llegada de la ciencia, el ser humano comenzó a dudar de lo que no se puede medir. La verdad pasó a depender de los experimentos, las matemáticas y la observación de la naturaleza. La religión pide fe en lo invisible. La ciencia pide dudar y probar una y otra vez hasta un resultado claro. Este cambio hizo que el ser humano confiara más en su propia capacidad para descubrir el mundo sin la ayuda de una fuerza divina.
Esa ciencia que duda de lo que no puede medir, ha sido incapaz de refutar la existencia de un universo creado y de un autor de esa Creación. Numerosos descubrimientos científicos en el siglo XX han llevado a la idea de la existencia de un Dios creador como origen del universo y de la vida inteligente. Georges Lemaitre, sacerdote católico y doctor en física, dedujo, a partir de las ecuaciones de la relatividad de Einstein, que científicamente el universo tiene un comienzo. Esta realidad fue avalada a partir de la termodinámica, cuyo segundo principio dice que la entropía del universo tiende a incrementarse en el tiempo. Lo que implica un principio de nuestro universo. Una idea admitida de forma generalizada a finales del sesenta del siglo XX con la idea aceptada del Big Bang.
María Zambrano afirmó que “la vida es ensimismamiento. Vivimos auténticamente en la medida en que somos nosotros mismos; lo que llega de fuera produce alteración, o sea, enajenación, que no es vivir, sino desvivir”. Este ensimismamiento o recogimiento, ya indicado por José Ortega y Gasset, significa que el ser humano necesita detenerse en su interior, apartarse del bullicio de fuera y pensar en si mismo para construir su propia identidad y dar sentido a su existencia. Es la paradoja espiritual que significa que apegarse demasiado a las cosas materiales y terrenales aleja el alma de lo divino, mientras que desprenderse de las vanidades del mundo crea el espacio interior necesario para la presencia plena de Dios. Ese espacio nos hará reflexionar sobre la responsabilidad humana ante el progreso y la necesidad de dar sentido ético y espiritual a nuestras creaciones. En definitiva, a custodiar el alma de aquello que esta genera.