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"Cuando la vista se cruza con el deseo, haz que impere la razón".
(José A. Puig)





miércoles, 11 de marzo de 2026

TIBIEZA O ANGUSTIA AL DECIDIR

La tibieza y la angustia al decidir son experiencias muy humanas y tienen raíces distintas, aunque a veces se confunden. La tibieza es esa zona templada donde uno evita tomar partido. No es exactamente cobardía, sino más bien una estrategia de protección. Si no decides no te equivocas. Si no te comprometes no pierdes. Es el territorio del “ya veremos”, del “depende”, del “tampoco es para tanto”. Hay una comodidad engañosa ahí: la ilusión de que posponer es distinto a renunciar. La angustia ante la decisión es algo más activo y honesto, en cierto modo. Surge cuando uno ya sabe que tiene que elegir, pero siente el peso de lo que se cierran al elegir. Toda decisión real es una pequeña muerte: elegir un camino es abandonar todos los demás. La angustia es la conciencia de eso. Hay algo que los une: el miedo a la irreversibilidad, una forma de ansiedad paralizante con la toma de decisiones, donde la persona teme que una elección sea definitiva o imposible de corregir.

En política vemos partidos tibios a la hora de tener que acceder al gobierno, rechazan el compromiso de mostrar su forma de gobernanza. Prefieren estar en esa zona cómoda de crítica constante, de soflamas perfectamente dirigidas para atraerse a un electorado harto de la situación política por la que la sociedad está pasando. Son partidos atrapalotodo con una propaganda generalizada pero que nunca han demostrado su capacidad para llevar un gobierno. Su lema: Si no decides no te equivocas. Si no te comprometes no pierdes. Su propaganda es atrayente en temas que agobian a la gente: vivienda, migración, inflación, desempleo, sanidad…, lo cual les hace subir en encuestas y elecciones. Pero llegará el día, en que tendrán que dejar el palco y salir al ruedo para mostrar que lo sermoneado lo llevan a la práctica, y eso es harina de otro costal.

La tibieza en política se observa cuando un partido político tiene una actitud de evitar posiciones claras, firmes o valientes frente a temas importantes, optando por discursos ambiguos o decisiones poco contundentes para no incomodar a nadie. Es la falta de liderazgo, valentía o coherencia ideológica. Actualmente lo vemos tanto en España, como en la Unión Europea (UE). Hace años que la UE debía haber avanzado mucho más en la estrategia común de seguridad, en la integración de sus miembros o en la autonomía energética. No lo ha hecho y ahora pagamos ese retraso, justo cundo una nueva guerra amenaza con deteriorar la actividad económica y de defensa. Sin unidad no hay capacidad de hacer frente a las reformas pendientes, sin liderazgo se pierde el gobierno. Esa falta de liderazgo está también llevando a España al caos en la gobernanza, al estar centrada en la polarización, la dependencia de socios inestables y la gestión basada en la supervivencia electoral en lugar de un proyecto a largo plazo. Es la tibieza, es el “ya veremos”, es la perdida de autoridad, incoherencia y crisis de credibilidad.

Como decía Hannah Arendt: “La triste verdad es que la mayor parte del mal lo hacen personas que nunca se deciden a ser buenas o malas”. Es la tibieza de la persona que evita tomar partido en situaciones que exigen posicionamiento, a menudo por cobardía o por mantenerse en su zona de confort. Cuando una sociedad está tan enferma del corazón se transforma en una sociedad hipócrita que busca el equilibrio entre los valores espirituales y las comodidades. Sin embargo, la tibieza nunca será la solución: “Yo conozco tus obras, que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Ap. 3:15-16). Es la fe sin compromiso real, una conformidad moral que nos impide diseñar nuestra vida y nos aleja del sentido verdadero.

La sociedad española muestra también esa tibieza que anula la conciencia humana, un estado de indiferencia moral o espiritual en el que la falta de compromiso y fervor provoca el apagamiento progresivo de la voz interior. Lo que implica justificar de forma constante tus propias decisiones, priorizando la conveniencia personal sobre los principios éticos. La acomodaticia forma de vivir que impera nos recuerda a la fábula del “Síndrome de la rana hervida”, mientras la rana está en agua tibia no se mueve, aumentamos la temperatura gradualmente, la rana permanecerá inmóvil, hasta que finalmente muere, incapaz de percibir el riesgo. Como decía San Agustín “A fuerza de verlo todo, se termina por soportarlo todo…A fuerza de soportarlo todo, se termina por tolerarlo todo…A fuerza de tolerarlo todo, terminas aceptándolo todo…A fuerza de aceptarlo todo, finalmente lo aprobamos todo”. Es la pérdida gradual de la capacidad crítica y moral, fruto de la exposición constante al mal. Los tibios se apartan de la verdad, pues la verdad incómoda.

José Antonio Puig Camps (Dr. Ingeniero Agrónomo y Sociólogo)

Publicado 11-03-2026 


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