Mi frase




MI Frase
"Cuando la vista se cruza con el deseo, haz que impere la razón".
(José A. Puig)





jueves, 28 de febrero de 2019

LA PANTOMIMA CÍNICA


La pantomima es una representación que se realiza mediante gestos y figuras, sin la intervención de palabras. El término proviene de un vocablo griego que significa “que todo imita”. La pantomima utiliza pocas palabras y muchos gestos. Pocas palabras porque solo necesitan mostrar el gesto para que todos los que lo ven lo interpreten de la manera que más les interese. Es en definitiva una forma más de entretener al público poca dispuesto a pensar y menos a meditar lo que están observando. En estos tiempos que nos toca vivir el género de la mímica o pantomima, surgido en la época del florecimiento del Imperio Griego y el Imperio Romano, vuelva a mostrarse unido al cinismo de Antístenes y Diógenes de Sinope cuya característica era el rechazo de los convencionalismos sociales y de la moral comúnmente admitida. Dando un salto en la historia volvemos a encontrarnos con estos géneros dramáticos o cómicos cuya característica eran mostrar sus excentricidades o sátiras, y cuyas prácticas, en muchas ocasiones, eran irreverentes. 

El fenómeno de la globalización lleva consigo que cualquier forma, estilo o moda se extiende con la rapidez de la luz, sin importar que ello ya fue llevado, inventado o practicado en tiempos remotos. España, cuya pertenencia global al mundo universo está más que probada, no podía dejar pasar esos hábitos que para muchos de los políticos actuales dan sobrada experiencia en su utilización. Como los cómicos que, en sus representaciones van cambiando de vestuario o chaqueta de escena en escena para dar credibilidad a su función, los políticos y sus palmeros, muestran una gran similitud con ellos. Los escenarios van cambiando según el libreto a representar que, en el caso de los políticos y sus palmeros, está marcado por las encuestas que los medios y el CIS les indica. Unos políticos que enloquecidos por el poder, que tienen o pueden perder, engañan y descalifican sin importarles lo más mínimo el daño que puedan hacer con tal de conseguir su objetivo. Para ellos siempre el fin justifica los medios que, por desgracia, cada vez está teniendo más aplicación en la política, los negocios e incluso en cuestiones éticas.  

Si la pantomima y el cinismo eran objeto de aplicación práctica en la mayoría de los relatos y acciones de la antigüedad, las similitudes con nuestra época son evidentes. Ambas épocas parecen compartir un mismo espíritu de desorientación, de pérdida de referentes estables, un desasosiego difuso, pertinaz y borroso, una atmósfera enrarecida y desilusionada, en la cual la credibilidad de los grandes relatos ha caído, en la que el colapso de unas creencias que parecían inalterables produce un malestar en los individuos que no se puede ocultar por más tiempo. En esta pantomima cínica las esperanzas son contempladas irónicamente y los valores humanos producen risa ante el ejemplo de los mandatarios. Al individuo moderno, ante la incomprensión de la situación, no le queda otra salida que abandonar toda creencia en los demás y aferrarse a su pobre conciencia incapaz de vislumbrar su futuro ante un mundo excesivamente complejo y cuyo sentido no se deja adivinar fácilmente. Ve ante sí una vida absurda, una comedia, farsa, drama y pantomima en la que sus actores –los mandatarios- actúan sin importarles las consecuencias de sus actos en sus representados. Los cuales para seguir viviendo se envuelven en un agnosticismo, incredulidad y escepticismo que les hace actuar alegremente, sin ser conscientes que están siendo la coartada perfecta para que los poderosos puedan mantener su orden establecido a costa de su libertad individual. 

Ante la pérdida de la libertad individual, ante la impotencia de verse incapaz  de dar respuesta a tanta mentira, engaño y mendacidad, el sujeto se recubre de un cinismo para el que las convenciones sociales son ridículas. Donde la única manera que tiene para hacer frente a toda esa representación política, económica, social o religiosa, en la que ya no creen, es la de hacerse ver y notar. Utilizan, como niños incomprendidos, el desorden, la manifestación, el ruido, el inconformismo ante cualquier nueva promesa que el poder les haga. Se desafía con huelgas, se cierran carreteras, se impide que el comercio se abra y nadie es capaz de poner orden a tanto desmán. Un desmán que pone en evidencia la falta de confianza del ciudadano en las instituciones por su pasividad y falta de carácter. Los poderes públicos son cómicos que nadie toma en serio, sus pantomimas ya ni siquiera hacen gracia, y para lo único que sirven es para ponerlos en las fallas como ninots indultados, ya que esa democracia, que a tantos de ellos desespera, es la que les permite no ser quemados.

Es el activismo ético de los cínicos cuya pretensión es ocupar el lugar de aquellos prebostes que presiden o gobiernan una comunidad, o tienen una gran influencia en el Estado o Nación. Tanto en unos, como en otros, la razón dominadora presupone que debe de haber un orden y que para conservarlo es preciso engañar a los hombres. La pantomima cínica hace gala de su libertad de palabra y acción y, por ello, se opondrá al poder establecido, a esa civilización fruto de la razón que impide al ser humano ser feliz. Los ideales ilustrados ya no consiguen entusiasmar a la gente, motivar una acción colectiva encaminada a una meta. Vivimos en una sociedad fragmentada, desilusionada. De la franca carcajada de los cínicos antiguos a la sonrisa torva de los modernos podemos ver la historia degenerativa del término cínico o de la pantomima exagerada. Hoy día los poderosos han aprendido la lección, saben cómo son las cosas, no hace falta que nadie les muestre la verdad desnuda, ellos ya la conocen. Si Marx decía: no saben lo que hacen, y aun así lo hacen, hoy día la situación es más inquietante: saben perfectamente lo que hacen, y aun así lo hacen.

José Antonio Puig Camps. AGEA Valencia (Dr. Ingeniero y Sociólogo)
Blog: http://josantoniopuig44.blogspot.com.es/
Twitter: @japuigcamps
Publicado 28-02-2019

viernes, 8 de febrero de 2019

LOS CONFLICTOS DE INTERESES


Un conflicto de interés surge cuando las relaciones personales, profesionales, financieras o de otra índole, interfieren o pueden interferir con la objetividad o lealtad que obliga el poder del Estado con sus ciudadanos. El  riesgo  de  que  se  plantee  un  conflicto  de  intereses  puede  surgir  en  dos  niveles:  a  nivel  institucional,  y  a  nivel  personal.  El  conflicto  es  de  carácter   institucional cuando una organización no puede prestar servicios imparciales, su objetividad para cumplir su misión  se  ve  o  puede  verse  menoscabada,  o  tiene  una  ventaja  competitiva  injusta. La falta de objetividad y de previsibilidad de los poderes públicos es causa de grandes problemas para el conjunto de la sociedad civil en general y para los ciudadanos en particular. Todo conflicto de intereses está íntimamente relacionado con la corrupción y están presentes en numerosas decisiones de la vida de profesionales, directivos  y  empleados,  así  como  de  las  empresas  y  organizaciones,  públicas  o  privadas. 
Actualmente estamos viviendo la gran mentira de las instituciones públicas donde los gobernantes trazan su hoja de ruta en función de sus intereses particulares o de partido sin importarles las consecuencias. Cuando los intereses de parte quieren imponerse a los generales aparece el caos institucional y la sublevación ciudadana. Ante el desorden es obligación de todo gobierno establecer de forma inmediata, por el bien de la institución que se representa y por su fiabilidad, el orden y la armonía. El conflicto del taxi que, en ciudades como Madrid y Barcelona, ha puesto en peligro la convivencia ciudadana, ha mostrado el perfil de los gobiernos respectivos. Dos ejemplos que han mostrado el perfil del gobernante ante situaciones de gravedad. Por un lado, Ada Colau -presidenta del Área Metropolitana de Barcelona (AMB) y alcaldesa de Barcelona- que se ha escondido ante el problema, mostrando la cara más amarga de todo gobernante cual es el culpar a otros de su ineficacia, tomar parte en favor del sector del taxi y concederles todo lo solicitado. Por otro,  la de Ángel Garrido –presidente de la Comunidad de Madrid- con su firmeza y resistencia ante el chantaje del sector y que, a pesar de la tensión sufrida, no ha cedido ni un milímetro. Un conflicto que, al igual que otros tanto como hemos visto a lo largo de los últimos años, sirve para mostrar ante la opinión pública el coraje y personalidad de los gobernantes.
El transporte ha sido una necesidad para el hombre desde que el mundo es mundo. Con el paso de los siglos, la necesidad se ha ido convirtiendo en realidad económica, y tras ello en pujante sector económico en el más pleno sentido de la acepción. De hecho, se trata de un sector económico del que todos los demás sectores dependen fuertemente, puesto que tanto los productos, como las materias primas, como los componentes necesarios para ensamblar otros productos finales, como los propios trabajadores, cada vez más, dependen de su transporte. Las nuevas tecnologías, que tan rápidamente están emergiendo en nuestros días, están impactando y transformando el sector del transporte, a la par que en otros muchos como el de las comunicaciones. Estas últimas fueron ya objeto de un cambio drástico a partir de la Ley 11/1998, General de Telecomunicaciones, donde el monopolio de Telefónica dejo paso a segundos operadores, garantizando así la existencia de una competencia efectiva en dicho sector. Era impensable que en España, al igual que sucede en otros muchos países democráticos y de libre mercado, se mantuviera un monopolio en un campo tan competitivo y expansivo como el de las comunicaciones digitales.
Las tecnologías digitales inciden en nuestras vidas con tal fuerza que están reprogramando nuestra sociedad y, con ello, la política de los Estados. Aquellos países que no estén preparados para asumir los cambios económicos y sociales que ello conlleva, llevaran el caos al país por incapacidad de prevenir el tsunami de estas previsibles transformaciones estructurales. Estamos viviendo un cambio de era que está poniendo en evidencia a gobernantes y sectores incapaces de asumirlo. Un cambio de era que será más traumática que cualquier otra ya vivida, puesto que el avance tecnológico está obligando a que muchos puestos de trabajo sin cualificación adecuada desaparezcan. El progreso es imparable y nadie, que no esté preparado, podrá detenerlo, ni con huelgas, ni con manifestaciones y mucho menos con chantajes. Es el momento en que gobierno, empresarios y trabajadores empiecen a ser consciente de la importancia de la formación de los trabajadores, tanto actuales como futuros. Los gobiernos no pueden poner parches a base de regulaciones y decretos a los conflictos que, como el del taxi, se van a presentar. Es necesario un marco legal adecuado que permita a empresas y trabajadores adecuarse a esta nueva era digital.  
El enconado conflicto entre taxis y vehículos de alquiler con conductor (VTC) es quizá la mejor muestra de la fractura múltiple que sufre nuestro modelo socioeconómico ante la revolución tecnológica y la globalización. La solución no puede venir de diagnósticos simplistas basados en conceptos obsoletos, sino de una visión renovada de lo que significa el trabajo y la competencia en una sociedad abierta a la innovación pero capaz de corregir las injusticias de ciertos mercados. Se debe poner una solución estructural al conflicto, el cual no pasa solo por atender los intereses de políticos y conductores (taxistas o VTC), sino de los intereses de los usuarios, que se benefician en calidad y cantidad de la diversificación de la oferta. También de la sociedad en general que con este aumento de la movilidad esporádica ha conseguido una palanca para reducir el uso e incluso la adquisición del vehículo privado, con lo que supone de mejora ambiental en términos de menor congestión e incluso mayor uso del transporte público. Así pues, se trata de equilibrar la innovación con la protección de ciertos derechos, tanto de los taxistas, como de los conductores de VTC y velar asimismo por el conjunto de ciudadanos. La peor de las soluciones es la de mantener el conflicto de intereses como el que abandera la alcaldesa Colau, fosilizando el problema en una regulación de la era analógica.

José Antonio Puig Camps. AGEA Valencia (Dr. Ingeniero y Sociólogo)
Blog: http://josantoniopuig44.blogspot.com.es/
Twitter: @japuigcamps
Publicado 8-01-2019

sábado, 12 de enero de 2019

LA OBJETIVIDAD EN LA POLÍTICA


Una demanda muy característica de los ciudadanos provistos de cierta cultura y que, además, no participan directamente en la política partidista, es la de ser objetivos en nuestros planteamientos. La demanda de ‘objetividad’ y de ‘neutralidad’ es, sin embargo, una pretensión ilusoria, cuando esto se pide a los políticos. Los actores políticos no pueden ser nunca objetivos dado que se encuentran subjetivamente inmersos en un partido y, por lo tanto, se apoyan en una ideología afín entre sus afiliados, cuya aspiración es la de ejercer el poder para desarrollar su programa. Todos los que no tengan esa afinidad son sus adversarios. En sus actividades, los políticos o luchan por conquistar el poder, o luchan por conservarlo frente a los que representan una amenaza para ello. Como no son neutrales, tampoco pueden ser ‘objetivos’. Por cierto, es muy poco probable que los políticos digan la verdad, por las mismas razones por las que no pueden ser objetivos. La verdad del político es siempre relativa puesto que siempre estará circunscrita a lo que su partido piensa, hace o proyecta.
Estos últimos días hemos asistido, a través de los medios de comunicación, a diferentes puntos de vista sobre lo sucedido en las últimas elecciones al Parlamento de Andalucía el pasado 2 de diciembre. La principal consecuencia de esas elecciones en la comunidad más poblada de España es que, tras casi 37 años de gobiernos del PSOE, Andalucía será gobernada por la derecha. Una expresión, “derecha”, que debería marcar ciertos matices a la hora de tratarla con desprecio e incluso con insultos por los que han perdido las elecciones. Digo “perder”, en su acepción más clara, cuál es la dejar de tener aquello que se poseía. Y es que perder, cuando se ha tenido tanto poder durante tanto tiempo, resulta claramente desolador y angustioso, sin embargo, es ahí donde se pone de evidencia la personalidad del perdedor y del ganador. Los que han malogrado su señorío, su pujanza, su mando en Andalucía, la izquierda en su totalidad, no son capaces de reflexionar ante esa situación, y han tomado el camino de descalificar, insultar, ofender e incluso incapacitar a la derecha a tomar el relevo del mando en plaza. Son claras muestras de su falta de objetividad ante lo acontecido. Lo perverso es que tildan de incorrecto el acuerdo firmado por PP-Cs y, más aún, el acuerdo PP-Vox, y sin embargo nunca lo han hecho con los acuerdos pactados con independentistas, batasunos y nacionalistas, cuyo único fin no era el bien de los españoles sino el derribar al gobierno de Rajoy, menos manejable y proclive a sus intereses, y poner en su lugar a un tal Sánchez que, por su situación de minoría, es más manejable y propenso a concederles lo que ellos están deseando, la ruptura de España.
Esta falta de objetividad, neutralidad u honradez, también la vemos en uno de esos partidos del acuerdo al Parlamento de Andalucía, calificados por la izquierda como la derecha. Hablo del partido naranja, Ciudadanos, que desde su fundación se ha autocalificado como centro, capaz de dialogar con todos, consensuar y reunirse sin pedir pedigrí alguno. Así lo demostró, sin poner ninguna pega, al reunirse con Podemos, en sus acuerdos con el Psoe de Sánchez. Sin embargo, ahora se rasga las vestiduras por el acuerdo PP-Vox, un acuerdo que es lo que le permite a Ribera tocar poder en el futuro gobierno andaluz, algo que hasta ahora no había logrado. Son muchos los que se han preguntado si lo que quería Cs era romper negociaciones, con esa asqueada postura de no verse junto a Vox, quedar libre y pactar con Psoe y Podemos de Andalucía, donde se siente tan a gustito, no en balde la izquierda lo ha considerado siempre como su “socio preferente”. Como la virtud, el autodefinirse como centrado o no, no se adquiere con el conocimiento, sino que requiere el hábito. Ya lo decía Aristóteles, al enseñarnos que la virtud no viene directamente del conocimiento, sino que requiere el hábito y que la felicidad no es un estado sino una actividad.
Si de algo se está sacando conclusiones por parte del pueblo sensato y “pensante”, es de quién es quién en el panorama político español. Quién está dispuesto a sacrificarse por el bien común y quién quiere solo permanecer en el poder, quién está dispuesto a dialogar con todos, dentro de los parámetros éticos y morales, y quién quiere solo poner cordones sanitarios para que el pueblo español no tenga capacidad de elegir lo que más le conviene. Para ser objetivos se debe tener una visión objetiva de los hechos y procesos, en este caso políticos, escuchando a todos con apertura mental y teniendo siempre presente que dos, o más, mentiras, no hacen una verdad. Tildarse de centrista es no tener una posición política definida y, además, presenta los mismos problemas que dificultan la objetividad en las posiciones de “izquierda” o de “derecha”. El conocimiento de la verdad es muy difícil, en cualquier campo, pero sobre todo en uno como el político en que hay muchas mentiras, muchos intereses contrapuestos, prácticamente ninguna neutralidad y objetividad. La verdad es esencial en una política motivada realmente por la búsqueda del bien de la sociedad en su conjunto. Ello es y será bastante utópico con esta política que los partidos ejercen.

José Antonio Puig Camps. AGEA Valencia (Dr. Ingeniero y Sociólogo)
Blog: http://josantoniopuig44.blogspot.com.es/
Twitter: @japuigcamps
Publicado 12-01-2019